Creo que es el
momento de que me des cuerda,
pero cuidado;
algunos engranajes
del reloj de mi pecho
están algo oxidados
y me puedo romper.
Las cicatrices ya no están
para escocer,
para hacerme temer,
existen para
recordar,
recordar que he
sobrevivido a esta guerra.
Aprende a caerte,
a hacerte heridas,
a equivocarte;
eso te hará fuerte
y, cuando pierdas el miedo,
serás invencible.
Y esta noche,
que mis escudos han
sido desactivados,
acércate,
dale cuerda a la
llave que sale de mi pecho
y túmbate a mi
lado,
escuchando el tic,
tac del tiempo.
Yo, siendo el más asiduo lector, quiero leerte como a una de mis viejas novelas.
Recorrer con las yemas de mis dedos tu portada, sintiendo el relieve de tu nombre como si de un ciego leyendo braille se tratase; abrirte e inspirar tu dulce, único y característico olor.
Quiero releerte una y otra vez todos los días de mi vida, para resolver todos los secretos que guardas entre líneas. Quedarme dormido junto a ti, soñando con cada una de las historias que tienes reservadas para mi.
Quiero recorrer lentamente todas tus páginas, saboreando cada palabra tuya, desentrañando el algoritmo de tu poesía mientras afuera no para de llover. Quedarme contigo en nuestro pequeño fuerte de sábanas, escuchando la banda sonora que nos dedica la tormenta.
Es triste darse cuenta, de repente, de que la magia empieza
a desaparecer con el paso de los años. Y precisamente, el desvanecimiento de
esa magia, es el detonante de nuestra infelicidad y de todos los problemas que
aparecen en nuestra vida.
Cuando la magia se va, cambiamos nuestras preocupaciones.
Antes el máximo enfado que aparecía era por causas pequeñas. Alguien no nos
prestaba atención, no nos dejaban sus juguetes...ahora nos pueden hacer daño,
atacan directamente a nuestro interior, y nos pueden cambiar para siempre. Ya
no nos preocupa que capítulo de nuestra serie de dibujos pondrán hoy por la
televisión, nos preocupan las facturas sin pagar, las horas en el trabajo,
poder comer, las enfermedades. Al perder esa magia, perdemos la ilusión hasta
por las cosas más pequeñas, ya no nos impresiona ver que una moneda
desaparezca, o que otras cosas aparezcan de la nada, todo tiene una
explicación, y nos invade la indiferencia. Indiferencia que hace que todo nos
parezca igual, mundano, sabiendo que el superhéroe que vuela es porque le han
colocado una tela verde por detrás.
Las risas se empiezan a contar con
cuentagotas y pasarlo bien empieza a ser algo secundario.
Tenemos que empezar a tomar decisiones, las cuales ya no se tratan
de elegir un color u otro, sino caminos que sabemos que afectarán completamente
a nuestra vida, perdiendo lo que nos depara el otro.
Cuando la magia se va, ya no hay sitio para juguetes, los días vuelan, y nos damos cuenta de lo frágil y fugaz que es la vida cuando empezamos a perder a la gente de nuestro alrededor.
Cada mañana en la que abro mis ojos, te desvaneces un poco más.
No me acostumbro a preparar un solo café por las mañanas, siempre me equivoco y coloco dos tazas sobre la mesa. No me acostumbro a que mi mano derecha esté siempre fría cuando camino por la calle, sin que nadie me la agarre. A veces, en algunas ocasiones, me parece escuchar tu respiración cuando voy a caer en los brazos de Morfeo, pero, al levantarme de golpe de la cama para buscarte, solo me encuentro con la compañía de la soledad.
Los medios corazones se han convertido en interrogaciones.
Preguntas que no paran de bombardear mi mente. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué tuvo que ser todo tan de pronto, tan repentino? No encuentro techo donde resguardarme de este aguacero que cae desde que ya no estás. Que yo también me he planteado unirme a ti en tu desvanecimiento, pero no puedo.
Echo de menos hasta la forma en la que removías el té de las 7 de la tarde.
Tendré que acostumbrarme a tu ausencia hasta que dentro de días, meses o quizás años me visite aquella persona de manos frías para llevarme lejos de aquí, muy lejos, y desvanecerme, al fin, contigo.
Vivimos en un mundo que ha olvidado disfrutar del tiempo, de la lentitud de las cosas. Nos enfadamos por no recibir una respuesta a nuestros móviles en segundos o minutos, no hemos terminado de adaptarnos a algo y ya han sacado 3 versiones del mismo por encima. Comemos pendientes del reloj, engullendo, sin llegar siquiera a saborear el plato. Corremos hacia la parada del autobús, para llegar con el tiempo justo al trabajo, escuela, instituto o universidad. Se nos ha olvidado disfrutar del tiempo.
Dedicamos el tiempo en lo que no es importante, y consideramos una pérdida de tiempo lo que lo es. El niño que quiere hablar con el padre, de ningún tema en particular, simplemente compartir sus ilusiones con su mayor héroe: "no tengo tiempo". El que busca compañía para perderse entre las calles : "no tengo tiempo". La chica que quiere subir al atardecer a lo más alto de la montaña y ver, lentamente, cómo el sol se pierde en el horizonte : "no tengo tiempo". Los abuelos (que son conscientes del poco tiempo) que buscan compañía de sus familiares : "no tengo tiempo". Sin embargo, sí tenemos tiempo para invertirlo en mirar una caja que nos dice cómo vivir, qué hacer y cómo ser. Si tenemos tiempo para quejarnos, para navegar por páginas que no nos aportan nada. Si tenemos tiempo para envenenar nuestro cuerpo con refrescos mezclados con hielo y algo más, o para gritar a una persona que solo hace su trabajo levantando una tarjeta amarilla o roja.
Los árboles no crecen en segundo. Un niño no aprende en minutos, ni una ciudad se levanta en horas.
Te propongo algo. Levántate más temprano. Dedícate 10 minutos para tener la mente en blanco. Después ve a la cocina, prepárate un desayuno caliente. Inspira el aroma del café, y saborea cada sorbo. Usa tus piernas para desplazarte. Mira los escaparates, pero sin pararte, los rostros de la gente, siente la brisa de primavera, otoño o invierno. Escucha la ciudad, a través de cascos o a oído. Deja sonar el teléfono. Disfruta de cada segundo, de cada minuto de tu vida. No tomes decisiones dejándote llevar, a la ligera. Antes de tomar un camino u otro en tu vida, respira profundamente 3 veces.
A veces tomarte esos segundos para respirar, puede cambiarlo todo.
Tus labios empujan a los míos a través del oscuro pasillo, conduciéndome exactamente al lugar al que quieres que estemos. Al estar más cerca de tu cama aumentas la intensidad de los besos, me regalas algún que otro mordisco y tus manos se aferran a mi espalda. Las yemas de mis dedos juegan a esconderse por debajo de tu camiseta y acariciar tu suave piel, lo cual provoca que tu respiración se acelere al ir subiendo desde la cadera hacia tus costillas. Sorprendiéndome, me empujas y me tiras sobre tu colchón, cayendo encima mía como la mejor de las noticias (inesperadamente). El bombardeo de besos no acaba, y cada vez hace más calor entre esas cuatro paredes.
La ropa nos sobra, nos estorba. Nos deshacemos de ella. Te abrazo y nuestras bocas, acompañadas de las lenguas, vuelven a encontrarse. Puedo sentir el ritmo frenético de tu corazón al juntarse tu pecho contra mi pecho, y tu respiración empieza a ser entrecortada. Me miras a los ojos, con una mezcla de ternura y pasión, recordándome por qué estaba en tu cama y por qué volvería estar en ella durante días, meses, años, siglos.
Comenzamos a jugar y beso tu pecho, arrastro mis labios despacio por tu cuello y tus dedos se pierden entre mi pelo. Una de mis manos baja, despacio, disfrutando de cada milímetro de tu piel, hacia el lugar oculto, más abajo incluso que el ombligo, donde nacen tus largas piernas, mientras sigo besando tu cuello. Al explorar esa zona con la yema de mis dedos, tu respiración se entrecorta, escuchando un leve sonido escapar de tu boca. Te muerdes el labio para contener los ruidos y me agarras el pelo con más fuerza.
Cambio la posición y paso a estar en horizontal sobre ti, notando en todo mi cuerpo que el tuyo arde. Comienzo a bajar mi cabeza y dejo de estar frente a frente contigo, pasando mi lengua por todo tu tronco y notando cómo te agarras con fuerza a las sábanas y tu cuerpo se tensa. Llego la zona donde antes exploraron mis dedos, por debajo del ombligo, y tus piernas se mueven inevitablemente, acompañando a una serie de sonidos placenteros que provienen de tus labios. Me agarras con aún más fuerza el pelo, pero no por ello salgo de entre tus piernas (las cuales me parecen infinitas).
Vuelvo a subir y a pegarme a tu cuerpo, me abrazas, te acercas a mi oído, y de forma entrecortada, me pides que te lo haga. Respiro con tranquilidad, te beso y obedezco las órdenes.
Abres tus temblorosos labios
para musitarme que no funcionará,
que los muros son infranqueables.
Pero no sabes que eso da igual,
que no importa lo difícil que se nos haga,
que no importa si por la noche me das la espalda,
enfadada por alguna de mis tonterías.
Que no me importa ver día a día
cómo sonríes, cómo lloras,
cómo despiertas, cómo te quedas dormida
o cómo te quedas mirando a la nada,
absorta en alguno de tus pensamientos.
Que no me importa que me pidas
que desaparezca,
si a los 5 minutos vas a volver a
abrazarme.
Que no me importa inventar
365 putos chistes para que no exista
día en el que tengas que dejar de
mostrar aquella sonrisa.
Que no me importa ver pasar
el tiempo contigo, ver cómo aparece
una arruga tras otra.
Que no me importa cruzar mil avenidas
para verte 5 malditos segundos,
o secar una a una las lágrimas
que nacen de la lluvia de tus ojos.
Que no me importan las peleas,
los gritos, las malas miradas ni
los insultos si vamos a buscarnos
en aquel banco de piedra para
volver a besarnos.
Que estoy perdido hasta por la forma
que mides el arroz con las manos,
por la forma que me miras, seria, antes
de comenzar las carcajadas.
Que no me importa contar lunar a lunar,
peca a peca,
hueso a hueso de tu cuerpo,
para multiplicarlo por el número de estrellas
y obtener una cantidad que ni se asemeja
a todo lo que siento cuando te paras
a mirarme a los ojos.
Que no me importa expulsar
a Morfeo
si se trata de escucharte toda la noche.
Otra vez estamos aquí, tumbados sobre mi colchón.
El iris de tus ojos, radiantes, de un color radioactivo, provocan que el plutonio que recorre mis venas comience a reaccionar ante ellos.
El campo electromagnético que emana todo tu cuerpo atrae inevitablemente a mi piel contra la tuya. Quiero tomar la iniciativa, levantarme, pero posas tu mano sobre mi pecho y me devuelves a mi posición horizontal. Tus labios dibujan una pequeña y pícara sonrisa, que aumentan la temperatura de la habitación y expulsan el invierno nuclear que no quería despegarse de cada uno de mis átomos. Saltan las alarmas, y pasamos a romper las reglas, jugar con lo prohibido. Nuestras bocas se encuentran, desencadenando explosiones nucleares a nuestro alrededor, destruyendo el mundo que nos rodea, haciendo, que por unos instantes, seamos los únicos supervivientes del mundo. El gas tóxico que expiras purifica mis pulmones. Juegas a morderme otra vez el labio inferior y todos los átomos que me forman comienzan a vibrar con violencia. Lo noto, lo notas.
Te vuelves a acercar a mí, para recitarme al oído palabras que causan fusión en nuestros núcleos, que nos funden para convertirnos en una sola persona, en una sola materia, por unos instantes. Nos separamos, repetimos, nos separamos y volvemos a repetir. El campo gravitatorio que provocamos altera la continuidad del espacio-tiempo, haciendo que las horas pasen como segundos. Comienza a amanecer y te encuentro recostada sobre mi pecho, mientras la radiactividad deja de hacer efecto en el resto del mundo, al menos, por esta noche.
Los corazones no se conquistan, los corazones se encuentran. Se tiende demasiado a irrumpir las murallas del alma de la persona que creemos adecuada, haciendo gala de lo que creemos que es lo mejor de nosotros, dando versiones edulcoradas de nosotros mismos, adaptaciones de nuestra persona para que esas puertas del alma se abran. ¿Realmente es el mejor camino llevar a cabo tales acciones? ¿Cuánto tiempo podrás aguantar ser esa propia versión de ti, engañándote a ti mismo? No demasiado...quizás meses, quizás años, y esa es la raíz de todas las peleas y gritos que romperán vuestro hilo, vuestra unión.
No podemos decidir quién se enamorará de nosotros, ni qué alma será la gemela de la nuestra. El destino hará que os encontréis, y, cuando esto suceda, podrás guardar las banderas, las armas y el maquillaje. Estás encontrando tu lugar, no invadiéndolo. No escogemos ni quién, ni cuándo, ni cómo. Sucede.
"¿Daré la talla?¿Seré lo suficientemente bueno/a para él/ella?" Seguro que estas palabras han recorrido cada rincón de tu mente alguna vez en tu vida. Seguro que las sensaciones que las acompañan te han desvelado, te han quitado el sueño alguna noche. Tendemos a idealizar a una persona a niveles muy altos. Esa persona que nos acelera el corazón, que nos hace temblar las manos con pensar en volver a besarla, que hace que la tonalidad de nuestras mejillas se vuelva más rojiza. Esa persona por la que nos preguntamos si somos lo suficiente para hacerla feliz, para que sonría cada mañana, cada noche, cada hora del día. Pero éste no es el motivo que tienen esas personas para pensar de esa manera.
Seguramente en el pasado coincidiste con una persona que se creía demasiado grande, haciéndote sentir pequeño, insignificante. Por culpa de esa persona ahora piensas que vales menos, ya que hiciste todo lo posible por corresponder y siempre pesaron más los errores que tus sacrificios.
Hay una buena noticia : vales, y mucho.
La persona que te ama de verdad te hará grande, la que no, intentará debilitarte. La persona que no te ama, te querrá solo para alimentar su propio ego, la que te ama, valorará hasta el mínimo detalle que provenga de ti.
Te llevaste los recuerdos, de los que ya solo me quedan lagunas. Te llevaste los olores con los que se quedaban impregnadas mis sábanas, ahora solo huelen a suavizante y polvo.
Te llevaste mis abrazos, los que ahora soy incapaz de regalar a nadie. Te llevaste mis carcajadas. Te llevaste la "sonrisa de tonto" que habitaba en mi cara todos los días de la semana.
Te llevaste el tacto de mis labios, que ya no sienten nada al contacto con otros. Te llevaste las canciones de los artistas de la calle la primera noche que nos rompimos.
Te llevaste los latidos de mi corazón y el enrojecimiento de mis mejillas ante palabras bonitas que ahora suenan a vacías.
¿Qué me queda entonces si con tus maletas te llevaste mi alma?